Mientras en Europa rugían los cañones de la I Guerra Mundial, en 1917 dos jóvenes burgueses, Pablo de Azcarate y Fernando de los Ríos (íntimo amigo de Federico García Lorca), y que serían dos de los personajes más destacados de la política, la diplomacia y el pensamiento de su época, llevaron a cabo un viaje por la Costa del Sol, Marbella y la Serranía de Ronda. De Azcarate dejó escrito una minuciosa crónica de este viaje turístico, titulada “Viaje por la Serranía de Ronda en 1917”, que es una auténtica crónica costumbrista de cómo era Marbella hace más de 100 años. La lúcida, curiosa y culta mirada de estos dos personajes, que llegarían a ocupar altos cargos en la II República, nos ha dejado un documento plagado de anécdotas e información sobre Marbella y su entorno cercano que merece ser recordado.
Estos dos amigos iniciaron su viaje hacia Marbella cogiendo la diligencia de Fuengirola que, por ir llena, les obligó a hacer el camino en el pescante. Relata De Azcarate que “la carretera a Marbella es muy bonita, casi siempre al lado de la playa. Llena de carabineros con puestos a cada trecho. Vimos un vapor brasileño embarrancado: traía cargamento de café y plátanos; en la playa los plátanos se pudrían y alrededor había una porción de mujeres y niños hambrientos pero como para entrarlos y comerlos había que pagar los derechos de aduana, allí se pudrían y los infelices les miraban pudrirse”.

La diligencia tardo 3 horas y media en recorrer los 25 kilómetros de distancia desde Fuengirola. Marbella es descrita como un pueblo, “muy blanco y pintoresco con bastante carácter moruno. Nos alojamos en una fonda limpia y agradable. (5 pesetas por cuarto y desayuno.) Después de arreglarnos fuimos a dar un paseo; la puesta de sol hermosísima desde unas peñas al borde del mar”.
A Pablo y Fernando les llamó la atención la imponente presencia del ya desaparecido Muelle de Hierro (proyectado hacia el mar desde la actual Avenida del Mar). “Junto a las peñas había un malecón construido por una compañía inglesa para el embarque del mineral de hierro de una mina próxima a Marbella. Por las dificultades de la navegación apenas trabajan. Vimos varios barcos en convoy, pegados a la costa por los peligros de la guerra submarina”, explican.

Después de cenar De Azcarate y De los Ríos fueron a la cárcel a ver a Cristóbal Becerra, guarda mayor de unos extensos bosques al norte de Marbella y San Pedro, que estaba detenido como supuesto inductor de un asesinato. Un caso de manual de caciquismo, muy común no solo en Marbella. “Nos cuenta que el empeño de perseguirle se funda en que siendo rico ven la posibilidad de quedarse con lo que tiene. Por malos procedimientos convencieron a un tonto para que se declarara autor material y denunciara a Becerra como inductor, ofreciéndole ponerle enseguida en libertad y darle unas tierras”.
De Azcarate explica como este turbio asunto tuvo un giro inesperado, “pues, en la visita oficial de cárceles, ante el director de la cárcel de Marbella, el alcalde, el fiscal municipal, el juez, el escribano y todos los presos, el que se había declarado autor material, el tonto, dijo delante de todos que cuándo le iban a poner en libertad y darle las tierras que le habían ofrecido, ante esto, el juez y el escribano, blancos como el papel, procuraron evadir la cosa y no pasó más”.
ORUETA Y EL PLATINO DEL RÍO GUADAIZA
Al día siguiente, los dos amigos partieron hacia San Pedro Alcántara a las 8 de mañana en un carricoche “que nos costó seis pesetas y tardó dos horas y media en hacer el re- corrido. La carretera es muy pintoresca. Gran parte bajo una verdadera bóveda que forman los eucaliptos, plantados en los dos lados”.
A su llegada a San Pedro Alcántara, los viajeros explican que se compone de dos barrios: uno a la derecha de la carretera, a unos 200 metros, “que es el verdadero pueblo; muy pequeño, pero muy blanco y bonito; y otro, «El Ingenio», que es una antigua fábrica destiladora de caña y ahora creo de alcohol. Todo ello forma una enorme explotación agrícola que pertenece a una sociedad anónima española. La finca está valorada en 6 millones de pesetas y las instalaciones en 3”.
A su llegada al “hotel destinado al director de la explotación” conocieron a uno de los científicos e ingenieros más destacados de su época, Domingo de Orueta, que estaba trabajando en el reconocimiento de aluviones de platino en las cuencas de los ríos Verde y Guadaiza, entre 1916 y 1918, a instancias de la Corona, y en el contexto del alza de precios derivada de la Primera Guerra Mundial.

Orueta dio por finalizadas las investigaciones en la Serranía de Ronda en mayo de 1918. Concluyó que si se llevaba a cabo una explotación industrial del platino de la Serranía de Ronda, debía realizarse en los ríos Verde y Guadaiza. Desde el punto de vista económico, recomendó la explotación mediante draga, especialmente rentable en el río Guadaiza donde, además, la ley media de platino era algo mayor que en el río Verde (26 mg/m3 vs. 24 mg/m3). Sin embargo, el método de dragado tropezaría con los inconvenientes de la escasez de combustible en la zona (leña o carbón), el elevado precio de la mano de obra especializada (no disponible en el área) y la falta de talleres o de establecimientos donde obtener los repuestos de la maquinaria.
A pesar del gran interés demostrado por el Rey, el Gobierno y el Instituto Geológico de España, y de lo elevado que fue para la época la inversión de 450.000 pesetas para la ejecución del proyecto, el Estado no llegó a explotar nunca los yacimientos de platino de la Serranía de Ronda reconocidos por Orueta cifrados por este científico en 246 kg de este valioso metal en total. Ahí siguen depositados en el fondo de ambos ríos.
Los dos turistas definen a Orueta como “un ingeniero de minas que había conseguido interesar al rey en la explotación del platino contenido, según él, en los ríos de la Serranía de Ronda. Personalidad realmente excepcional por su bondad, su inteligencia y su dinamismo. Amigo muy devoto de don Francisco Giner y de la Institución Libre de Enseñanza”.
VIAJE A LA CASA DE LA MÁQUINA Y RONDA
Mientras almorzábamos llegó Cristóbal, el hijo mayor de Becerra, con los caballos. A las 4 salimos para la Casa de la Máquina. El camino remonta el Guadaiza. Luego se interna en la sierra y se hace pedregoso, entre gargantas y valles estrechos. Se llega a la Vega del Alisal, que ya pertenece al monte Benahavís, lindante con el Ingenio de San Pedro, y que forma una especie de ensanchamiento del valle donde se prepara y deposita el corcho. El camino abandona el río y sigue una pendiente fuertísima por la ladera derecha (a la izquierda, hacia el monte). Continúa por la parte alta, siguiendo más o menos una curva de nivel (desde donde se ve el mar), y baja de nuevo al río para cruzarlo y llegar a la Casa de la Máquina. Desde la casa de Orueta hasta la Casa de la Máquina tres horas aproximadamente.

La casa está situada en el fondo del valle, al lado del río; sin horizonte, pero hermoso por la frondosidad que la rodea. Tiene una magnífica estancia con acacias; una calma y serenidad deliciosas. Tiene una gran habitación a la entrada donde se come; y arriba otra con dos camas, muy buena. Todo muy limpio y curioso: se nota muy bien la mano de tío Teodoro. La mujer y los hijos de Becerra muy agradables y cariñosos; hay además dos criadas y un viejo que no sé quién es ni lo que hace.
Por la mañana, De Azcarate y su amigo hicieron una excursión con Frasquito Becerra al Daidín, «uno de los cuarteles del monte, con la casa del guarda en la ladera de la sierra Palmita, situada en un valle precioso y con un jardín y un huerto de naranjos hermosos. La ladera de la Palmitera es de monte bravo, con muchos jarales y bosque de alcornoques y en las cañadas magníficos castaños (uno de ellos le medimos y tiene unos 10 metros de circunferencia; otro todavía mayor, se llama el de la Manuela; de los dos hice fotografías)».
Al día siguiente, Pablo de Azcarate y Fernando de los Ríos se encontraron en el Casa de la Máquina con Rafael Corró, un ingeniero agrónomo con tierras en la Sierra de las Nieves que los acompañó en la subida al Torrecilla. Posteriormente, partieron hacia el valle del Genal, visitando Igualeja y Parauta. Quedaron impresionados de la belleza de esta región, “en el que hay un grupo de 16 pueblos en los que no se conoce la rueda”.
Finalmente, ambos burgueses fueron escoltados hasta Ronda por Rafael Corró rifle en mano, “precaución necesaria porque Corró me cita 8 nombres de amigos secuestrados por los bandidos”.
Aquí termina la costumbrista crónica de estos dos turistas pioneros que conocieron una Marbella ya desaparecida. Pablo de Azcarate
TRAS EL VIAJE A MARBELLA: LAS INCREÍBLES VIDAS DE ESTOS DOS TURISTAS COSTASOLEÑOS
Fernando de los Ríos se volcó en la política tras este viaje por la Costa del Sol. Como diputado socialista se entrevistó con Lenin en 1920. De los Ríos le preguntó cuándo permitiría su gobierno la libertad de los ciudadanos. Según el relato de De los Ríos, Lenin habría rematado una extensa respuesta cuestionando «¿Libertad para qué?», ante lo cual De los Ríos habría deducido de esta respuesta que se produciría una deriva autoritaria de la Revolución Soviética, como así fue.
En junio de 1929, De los Ríos se estableció en Nueva York para realizar una estancia de un año. Ya en la primavera de ese año, Fernando de los Ríos acuerda con el padre de Federico García Lorca que el joven poeta le acompañe a la Universidad de Columbia (Nueva York), donde tendría la oportunidad de aprender inglés y cambiar de aires. Se sabe que embarcaron en el Olympic —buque hermano del malogrado Titanic— a principios de junio de 1929 y arribaron el 26 de junio a la Gran Manzana.
Durante la Segunda República fue ministro de varias gobiernos y, tras la Guerra Civil se exilió en Estados Unidos hasta su muerte en 1949.
Por su parte, Pablo de Azcarate, poco después del viaje entró a formar parte de la dirección técnica de la Sociedad de las Naciones. Durante la Guerra Civil representó al gobierno de la República en Inglaterra.

Tras la Segunda Guerra Mundial entró a formar parte de la recién creada Organización de las Naciones Unidas (ONU), siendo testigo de primera mano, en 1948, de la guerra en Palestina entre judíos y árabes de la que nació el estado de Israel. De Azcarate organizó varias reuniones y dos conferencias: Lausana (mayo de 1949) y París (septiembre de 1951), con el fin de alcanzar un acuerdo entre palestinos e israelíes, pero que no condujeron a ninguna solución.
Se retiró de la vida diplomática en 1951 dedicándose a escribir libros.