Esta última parte de los reportajes sobre la vida de Antonio Machuca se centran en la espectacular fuga de Sierra Blanca a Gibraltar. También se relata cómo fue su vida en el exilio hasta su muerte en 1974.
Con el fin de la Guerra Civil en abril de 1939 la situación de los cinco miembros del grupo de maquis de Antonio Machuca era más desesperada que nunca. Esa primavera otro grupo de 5 maquis se unió a Antonio Machuca con el objetivo de analizar juntos qué opciones tenían ahora que la guerra estaba terminada. Cada uno expuso su punto de vista sobre las posibilidades de escapar a la captura por las autoridades franquistas y al final se decidió huir por las sierras hasta la costa frente a Gibraltar y cruzar a nado hasta poder acogerse al asilo que ofrecía la colonia británica.
Tocaba poner en práctica este plan.
Se decidió esperar una semana para hacer acopio de provisiones para alimentar a los diez maquis durante los 12 días que calculaban que duraría la huida a Gibraltar. Durante esa semana, «recibimos con sorpresa la llegada de dos camaradas que habían huido de Madrid cuando la capital cayó en manos de los franquistas y que habían recorrido a pie la distancia entre Madrid y Marbella. Eran Antonio Ravira y Antonio Toro. Partieron de Madrid el 4 de abril y llegaron a la Sierra Blanca el 21 de abril; habían recorrido mil kilómetros a pie, casi siempre de noche», explica Machuca.
Sin embargo, había un problema crucial: cinco de ellos no sabían nadar. Machuca explica en su manuscrito que «se tomó la decisión de retrasar la partida para que estos últimos pudieran aprender a nadar y alcanzar la resistencia física necesaria para la travesía hasta Gibraltar. Las circunstancias del entorno eran favorables para ese tipo de ejercicio: climáticas, ya que era el final de la primavera y hacía calor durante el día; geográficas, ya que los desfiladeros de la montaña estaban recorridos por pequeños torrentes que, en algunos puntos, debido a los accidentes del terreno rocoso, formaban pozas favorables para nuestros propósitos».
Se estableció un programa de entrenamiento. Las sesiones de natación eran cronometradas y el régimen de entrenamiento era severo. Los menos experimentados terminaban completamente agotados. Paralelamente a los ejercicios de natación, preparamos chalecos salvavidas individuales. Cada uno estaba compuesto por cuatro placas de corcho fijadas alrededor del pecho mediante una cuerda, también de fabricación casera.
Al cabo de quince días, la tropa fue considerada apta para emprender la gran aventura.
COMIENZA LA FUGA
El 15 de junio de 1939 los dieciséis maquis inician el plan para escapar de la España franquista. El primer objetivo era alcanzar un punto de la costa mediterránea tan cercano como fuera posible a Gibraltar, pero que al mismo tiempo evitara la zona militarizada de Algeciras y la carretera nacional que lleva a Gibraltar, la cual estaba fuertemente vigilada. Para ello escogieron un punto de la bahía de Gibraltar, en los alrededores de San Roque próximo a la Tunara, donde el terreno accidentado permitiría un buen camuflaje de la partida de fugados.
El grupo se puso en marcha con armas, municiones, provisiones y los chalecos salvavidas. «Caminamos toda la noche a través de una región que conocíamos bien. Salimos de la Sierra de Ronda, por el lado sur de la ciudad de Ronda, y seguimos el inicio del valle del río Guadiaro. Avanzábamos rápidamente, en fila india, guiados simplemente por el oscuro túnel del valle que conduce directamente hacia Gaucín, final de nuestra primera etapa. Al alba buscamos escondites seguros bajo el bosque para dormir. Nos dividimos en equipos de dos, dispersándonos en un círculo lo suficientemente amplio como para garantizar las habituales medidas de seguridad y autodefensa».
Cuando atardeció comenzó la segunda etapa. «Rápidamente, el más experimentado entre nosotros en técnicas de cartografía y orientación, Antonio Toro, un marinero experimentado, subió a un promontorio rocoso y, armado con binoculares, inspeccionó los alrededores para detectar presencias extrañas y trazar mentalmente la ruta a seguir».
Finalizada la segunda etapa, surgieron nuevos problemas para dormir durante el día en terreno abierto. Los 16 maquis se escondieron en plena campiña, en matorrales, siguiendo la táctica de agrupación por parejas.
En la tercera etapa, el grupo siguió el curso del Guadiaro por el valle cada vez más convertido en llanura. Como no conocíamos los caminos, atravesábamos campos de trigo enteros, lo que ralentizaba nuestro avance. Nos guiábamos por el curso del río, siguiendo sus contornos (nuestros mapas eran inútiles de noche). A veces el río estaba represado para irrigar campos, especialmente de arroz, lo cual causaba que el agua se acumulara y se extendiera sobre grandes superficies, obligándonos a dar largos rodeos. Finalmente encontramos una pasarela peatonal y pudimos cruzar al otro lado.
Habíamos tardado nueve noches en alcanzar nuestro primer objetivo, la región de San Roque. Buscamos un punto elevado, bien cubierto de hierba alta y arbustos, para acampar y, al mismo tiempo, vigilar la carretera nacional Cádiz-Málaga que tendríamos que cruzar más adelante.
EL ÉPICO CRUCE A NADO HASTA GIBRALTAR
La segunda fase de la fuga, la más peligrosa, consistía en alcanzar Gibraltar por mar, es decir, cubrir a nado una distancia de unos diez kilómetros. Una patrulla de tres hombres, incluyendo a Antonio Toro, hombre de mar, fue a hacer un primer reconocimiento de la costa para ensayar el cruce. Pero constataron que el mar estaba demasiado agitado como para que la empresa tuviera una mínima posibilidad de éxito.
«Esa espera duró tres días, que nos parecieron eternos, pues nuestras provisiones estaban casi agotadas. Compartimos las últimas cortezas de pan, pero el hambre empezaba a desgarrarnos el estómago. Esta inmovilización temporal no había sido prevista, y el racionamiento alimenticio debilitaba nuestras fuerzas físicas, que deberían estar al máximo para el esfuerzo final» cuenta Machuca en su manuscrito.
Antonio Machuca y sus compañeros habían aprovechado esos tres días de inacción involuntaria para observar el dispositivo de vigilancia costera de los franquistas. Constituía la última barrera que debían franquear de forma encubierta. «Notamos que las rondas de los carabineros eran frecuentes, pero que siempre seguían un patrón invariable: en grupos de cuatro y con los fusiles al hombro, recorrían despreocupadamente una distancia de unos quinientos metros que separaba dos garitas, en las que se refugiaban al final de su ronda y se quedaban un tiempo allí. Probablemente el tiempo justo para fumarse un cigarrillo. Ese era, entonces, el momento que debíamos aprovechar para cruzar la zona peligrosa», relata Antonio.
La noche del 5 de julio Antonio Toro dio luz verde para la travesía, ya que el mar finalmente se había calmado. «Recibimos la decisión con una satisfacción imposible de disimular. Todo nuestro ser soportaba una tensión nerviosa tal que el anuncio de la partida provocó una especie de alivio. Y fue en un ambiente optimista que nos pusimos nuestros chalecos de corcho y nos ayudamos mutuamente a verificar que estaban bien sujetos. Para cubrir el trayecto entre nuestro escondite y el mar, decidimos conservar el pantalón y la chaqueta, para ocultar la piel demasiado blanca que, incluso en la oscuridad, podría delatarnos».
En unas pocas zancadas los 16 fugados cruzaron los matorrales, la carretera, el terraplén y, justo cuando iban a pisar la arena de la playa se encontraron un obstáculo imprevisto: una sólida fila de alambres de púas. «¿Cómo atravesar esa barrera de puntas afiladas sin alertar a los carabineros? En unos minutos, ¡sería demasiado tarde! La situación parecía no tener solución inmediata. ¿Tendríamos que volver a nuestro escondite? Pero de pronto, como un rayo, la suerte nos sonrió: uno de nosotros descubrió una abertura entre los alambres que daba acceso al mar. Instintivamente, nos formamos en fila india, cruzamos la abertura, nos quitamos la ropa y la dejamos en la orilla y entramos al agua. En cuanto la profundidad lo permitió, soltamos los fusiles y los cinturones de munición al mar. Lentamente nos alejamos de la costa, evitando hacer ruido. ¡La prueba maratónica había comenzado! Eran las 21 horas».
Lamentablemente, tras media hora nadando en la oscuridad ocurrió una tragedia: Antonio Gómez, el mayor de los hermanos, comenzó a sentirse mal. «Nos reunimos a su alrededor para ayudarlo. Al ser enfermo del corazón, sintió que su final estaba cerca y nos pidió que lo dejáramos, que continuáramos sin él. Decidimos remolcarlo. Le pasamos una cuerda bajo los brazos y le pedimos que flotara, mientras un compañero lo arrastraba y otros dos lo sostenían a los lados. Pero apenas terminamos de atarlo, nuestro compañero expiró. La emoción nos embargó. Pero no era el momento para lamentaciones. Habíamos jurado no abandonar nunca a un compañero herido o muerto: decidimos en el acto remolcar su cuerpo hasta Gibraltar aunque eso complicara nuestra tarea» recuerda Machuca.
A pesar de este trágico suceso, los maquis siguieron adelante. Nadando durante horas entre la oscuridad y el frío y cada vez más cansados. En el horizonte lejano, unas luces pálidas nos permitían adivinar la tierra.
Con las primeras luces del amanecer del 6 de julio Antonio y sus compañeros llegaron al puerto de Gibraltar, todos extremadamente agotados, al borde del colapso. En la entrada del puerto, «me aferré a una enorme cadena que colgaba de un viejo carguero que servía de pontón de amarre. Estaba exhausto. No tenía fuerzas para soltar la cadena. Mis compañeros también se aferraban a distintas amarras y todos juntos empezamos a pedir auxilio. Nuestros gritos fueron escuchados por los marinos ingleses, que enviaron cuatro o cinco barcos y lanchas a patrullar dentro del puerto. Pero, para nuestra desesperación, no lograron localizarnos, ya que aún no había amanecido y una ligera niebla flotaba sobre el agua, reduciendo la visibilidad a unas pocas decenas de metros. Las embarcaciones regresaron al muelle, y para nosotros, la dolorosa espera se prolongaba».
Por fin, cuando el día comenzó a clarear y se disipó la niebla, «de nuevo llamamos a gritos, varias veces, asegurándonos de que nuestros gritos fueran perfectamente audibles. Al igual que mis compañeros, yo podía gritar, pero no podía moverme; mi vida estaba suspendida de aquella enorme cadena oxidada que mis manos aferraban con fuerza, tan contraídos estaban mis músculos por el frío y el agotamiento». Esta vez, los gritos fueron escuchados; las patrullas de las lanchas retomaron su ronda hacia la entrada del puerto y, por fin, los marinos ingleses los avistaron. Uno a uno, los marinos ingleses los recogieron. «Cuando llegó mi turno, el barco se acercó hasta tocarme, y el capitán me pidió que saltara dentro. Le hice señas de que si soltaba la cadena me hundiría de inmediato. Dos marineros fornidos me agarraron y me tendieron en la cubierta. Después de nueve horas de nado nocturno, estábamos salvados».
Los 16 maquis fueron llevados a la capitanía del puerto y las autoridades inglesas les dieron un buen trato. «Un oficial nos pidió entregar nuestras armas, telefoneó a sus superiores para informar del evento, y cuando colgó el teléfono, nos notificó que se nos otorgaba el estatuto de inmigrantes políticos y el derecho de asilo conforme al derecho internacional. Al oír esta decisión no pudimos evitar abrazarnos y expresar nuestros sentimientos de gratitud a todos los ingleses presentes», cuenta Antonio.

Los ya 16 refugiados fueron sometidos a una revisión médica completa. Les dieron ropa nueva y les sirvieron una comida regada con té. «Por la tarde, hacia las 17 horas, las autoridades inglesas inhumaron a Antonio Gómez y se nos autorizó a acompañarlo hasta su última morada. La causa de su muerte nos fue comunicada por el médico que practicó la autopsia: fallo cardíaco. Era el mayor de todos nosotros, y sabíamos que tenía una dolencia cardíaca».
Tras la ceremonia fúnebre, fueron trasladados a la prisión militar de Gibraltar donde se les asignó un intérprete encargado de que no les faltara nada. «La prisión de Gibraltar fue para nosotros una residencia muy cómoda: fuimos bien tratados, dormíamos seguros (¡eso es un gran lujo, creedme!), jugábamos al balón con los soldados, nuestros guardianes».
Un oficial inglés estuvo visitándolos para que le contaran todos los detalles de su fuga desde Marbella hasta Gibraltar. «Claramente, era un agente del Intelligence Service y, después de todo, no teníamos nada que ocultar. Nos indicó que jamás se había intentado una travesía semejante. También dejó entrever que quizás una guerra próxima enfrentaría a Inglaterra y Alemania y nos animó a trasladarnos al Marruecos francés, donde existían acuerdos entre las dos naciones sobre los refugiados políticos. Omitió decirnos que el aceptar ir al Marruecos francés implicaba un compromiso de alistamiento en la Legión Extranjera Francesa».
Exilio: un tranquilo jardinero de las afueras de París
Los maquis decidieron pedir asilo en el Marruecos francés, donde residía una importante comunidad española. El 22 de julio de 1939, por grupos, los 16 fugados de Sierra Blanca fueron trasladados en barco a la ciudad internacional de Tánger donde se alojaron en un bonito hotel. «Éramos huéspedes de pleno derecho: mosquiteras en las ventanas, camareros refinados, baño a disposición. ¡Era como un cuento de Las mil y una noches! Durante las comidas, rodeados de todas las muestras de cortesía, no dejábamos de comparar nuestra vida presente con la reciente en la Sierra de Ronda» recuerda Machuca.
Antonio Machuca y sus compañeros fueron trasladados a Casablanca, en el Marruecos francés, donde desembarcaron el 25 de julio de 1939. Los ahora refugiados políticos pensaban que todo marcharía con normalidad. No fue así. “En la hora siguiente, nos encontramos encarcelados por grupos de tres en celdas sin catres: solo viejos periódicos esparcidos por el suelo hacían de cama. Reinaba una suciedad repugnante. Las cisternas automáticas de los baños hacían tal ruido que no pegamos ojo en toda la noche. ¡Caímos de Guatemala a Guatepeor, comparado con lo vivido en Tánger! ¡Incluso nuestra “pequeña cocina” de la Sierra Blanca parecía un palacio en comparación!”, recuerda Machuca.
Al día siguiente, la policía francesa les planteó una disyuntiva: o alistarse voluntariamente en la Legión Extranjera, o ser devueltos a España, “pero rechazamos ese dilema y reivindicamos nuestros derechos como refugiados políticos, confirmados por nuestros pasaportes. Declaramos que queríamos trabajar en el Marruecos francés como civiles”, relata Machuca.
Finalmente, las autoridades francesas los liberaron al día siguiente, aunque sin permiso de trabajo. “Fuimos acogidos por la numerosa comunidad española de Casablanca. Gracias a la intervención de amigos españoles que intercedieron ante las autoridades francesas, éstas les otorgaron un permiso temporal de trabajo. Poco a poco, cada uno consiguió empleo y retomó una vida normal.
Francois Machuca, hijo de Antonio Machuca, ha contado a este periódico que su padre, tuvo la suerte de reencontrarse con un amigo de la infancia de Marbella, Francesco Mena, establecido desde hacía unos quince años como agricultor en Médiona, a unos veinte kilómetros de Casablanca. Le contrató como obrero agrícola y “estuvo trabajando en las montañas del Atlas haciendo carbón. Después estuvo de cocinero en una base militar dando de comer a soldados del ejército norteamericano ya durante la Segunda Guerra Mundial”, relata su hijo Francois.
Allí en Marruecos Machuca conoció a su futura mujer, una española de Alicante «con la que se casó y allí nací yo. Posteriormente, mi padre estuvo cuidando una finca a un francés”, explica su hijo.
Finalmente, en el año 1963 Antonio Machuca y su familia pudo viajar a Francia, siendo apátridas, gracias a las gestiones de unos amigos que tenían una venta en Marrakech y por cuya mediación consiguió un trabajo en un hotel de Orleans como jardinero.

“A mi padre le gustaban mucho las rosas. Mi madre tenía un primo cerca de París que le consiguió a mi padre un trabajo de jardinero cuidando una urbanización. Allí llevó una vida tranquila, cuidando las flores, un trabajo acorde con su carácter tranquilo”, recuerda Francois.
Antonio Machuca murió en 1974, sin pisar suelo español desde esa noche de 1939 en que hizo la épica fuga a Gibraltar. “Él hizo el pacto de volver a España mientras Franco siguiera vivo. Aunque ya tenía nacionalidad francesa, no se fiaba de las autoridades franquistas. Al final murió sin poder volver a Marbella. Yo sólo puedo decir con orgullo que mi padre era un héroe, una persona idealista, que luchó por los derechos de los trabajadores pobres y que no se manchó nunca las manos de sangre”, sentencia Francois Machuca.
