Esta segunda parte de la vida de Antonio Machuca se relata la participación del marbellí en la Guerra Civil, su huida a Marbella y la dura e increíble experiencia de pasar años entre las cuevas y roquedos de Sierra Blanca.

Tras sus agitados años como preso en diversas cárceles de España, pocos podían imaginar que la vida de Antonio Machuca, y de todos los españoles, estaba a punto de cambiar en el verano de 1936.

Con el inicio de la Guerra Civil, Antonio se integró en los regimientos de voluntarios que, sin armas pesadas ni preparación militar, se enfrentaron en Estepona a las sólidas formaciones del ejército sublevado al mando del coronel Borbón. Él y muchos de sus compañeros, simples milicianos, tuvieron que retirarse hasta las estribaciones de la sierra de Loja en Granada.

Foto de Antonio Machuca de septiembre de 1936.

«El desánimo y el hambre minaban las fuerzas. Muchas armas se abandonaban en el camino: sin municiones, solo quedaban como una carga inútil. Algunos soldados se escondieron en los montes; otros intentaron llegar a sus casas, a sus pueblos. Algunos se rindieron. Quedamos entonces unos quince camaradas, muy preocupados por nuestra situación. ¿Qué debíamos hacer? Estábamos aproximadamente al sur de Loja, ciudad situada en una llanura de las sierras Béticas donde fluye el río Genil. Decidimos separarnos en pequeños grupos y acercarnos a nuestros pueblos respectivos«, cuenta Machuca.

El marbellí, junto a su amigo de la infancia, José Rueda, tomó la decisión de iniciar el camino de regreso a Marbella, escondiéndose de día y avanzando de noche hasta llegar a Sierra Blanca. Con Marbella ya ocupada por las tropas nacionales, Antonio Machuca encaminó sus pasos al arroyo Guadalpín, «sabía que podríamos encontrar una acogida cálida en la familia Magaña, que tenía una finca en los alrededores de Marbella. Eran amigos que conocía desde mi infancia. Así podríamos establecer un puesto de enlace con nuestras familias para el intercambio de noticias y provisiones».

Actuales ruinas del molino Magaña.

Por boca de los Magaña, Antonio supo del asesinato de su hermano Alonso, de su hermana María y de su marido Pepe. Según relata en su manuscrito, «cuando el general Queipo de Llano entró en Málaga, con las tropas del general Franco, ordenó la ejecución de los líderes sindicales de la zona y de los alrededores, especialmente de los que eran conocidos como activistas republicanos». El hermano de Antonio, Alonso, tenía un pasado como sindicalista y fue detenido. Cuando su hermana María reclamó su liberación, fue arrestada a medianoche por Guardias Civiles y franquistas. Su marido propuso acompañarla para traerla de vuelta después del interrogatorio. «Nunca volvimos a tener noticias de ellos. Más tarde, ya adultos, sus hijos realizaron múltiples gestiones para saber qué había sido de sus cuerpos: nunca encontraron rastro alguno; ningún acta policial o informe llevaba sus nombres», lamenta Antonio.

El principal responsable de la muerte de media familia de Antonio Machuca fue el capitán de la Guardia Civil, Manuel Gómez Cantos, que llegó a Marbella el 10 de febrero de 1937 al mando de los 150 efectivos de la Brigada Especial de Información e Investigación. Había estado destinado en Marbella antes del inicio de la Guerra Civil, ganándose la animadversión de la mitad de la ciudad por sus maneras chulescas y abusadoras.

En lo que respecta a su odio por la familia Machuca, según explica Francisco Javier García Carrero, profesor de la Universidad de Extremadura en su libro  Manuel Gómez Cantos, un mando de la Guardia Civil entre el deshonor y la represión, “sabemos que durante su estancia en Marbella dejó de abonar la renta del alquiler de la casa propiedad de María Machuca Ortiz. La propietaria inició poco después un pleito judicial que le dio la razón pero que le trajo funestas consecuencias cuando Cantos regresó a Marbella, una vez que la población fue ocupada por las tropas sublevadas del ejército franquista. María Machuca Ortiz, que estaba embarazada, fue detenida en presencia de sus cuatro hijos y fusilada, junto con su marido, detrás de las tapias de su casa”.

Para conocer más en profundidad la trayectoria de este sujeto y el reguero de muertes que dejó a su paso por Marbella puedes leer este reportaje:

ESCONDIDO EN LA SIERRA BLANCA, NACE EL MAQUIS

Sabiendo que su vida no valía nada si caía en manos de los nacionales, el patriarca de los Magaña «nos hizo entender que sería imprudente quedarnos más tiempo allí, porque si los franquistas se enteraban de nuestra visita, toda su familia sería fusilada. Rápidamente, nos proporcionó provisiones para algunos días: pan, tocino, aceitunas dulces, sal, fósforos e incluso cigarrillos». Antonio Machuca decidió esconderse en Sierra Blanca junto a otros compañeros.

Comienza para Antonio una época que él mismo define como «una vida de hombres medio salvajes, alejados de los demás y de nuestras familias. Éramos como animales acosados en una región donde los refugios eran seguros, pero la comida escasa. Nuestra vivienda estaba copiada estrictamente de la de nuestros antepasados de una prehistoria lejana, dormíamos en cuevas naturales de la Sierra, a veces en un túnel de las minas de plomo que se habían explotado. Cuando hacía buen tiempo, dormíamos al aire libre, sobre piedras planas. En algunas cuevas, como lujo supremo, cubríamos el suelo con tallos de esparto».

Sierra Blanca es un territorio agreste, salvaje y rocoso donde los maquis encontraron un duro refugio.

Era una situación insostenible. El grupo de maquis de Antonio Machuca vivía al límite de la supervivencia, acosado por franquistas y Guardia Civil, pasando hambre, frío y aislamiento. «Cambiábamos frecuentemente de “habitación” para no ser localizados por exploradores franquistas. Cada mañana, antes de movernos, inspeccionábamos cuidadosamente los alrededores para asegurarnos de que no hubiera centinelas. Sabíamos perfectamente que ser capturados significaba la ejecución inmediata», aclara en su manuscrito Machuca.

El principal problema era la comida que les obligaba a bajar del monte para pedirla en los pequeños cortijos que había al pie de Sierra Blanca, entre Puerto Rico y Nagueles, «íbamos a las granjas de noche, despertábamos al campesino y nos daban lo que podían». También cazaban animales silvestres, «pero como no podíamos usar armas de fuego, nuestras posibilidades eran muy limitadas».

Estas «operaciones de avituallamiento», podían ser peligrosas: «una vez, casi caemos en la trampa de un terrateniente frnaquista cuando visitamos su cortijo. Nuestra táctica era: tres camaradas se colocaban en puntos estratégicos de la granja con rifles listos; los otros dos tocaban la puerta. Todo transcurría normalmente: comida, hilo, fósforos… El dueño insistió en que entráramos a descansar y comer sopa caliente. Fue tan insistente que nos dio mala espina y rechazamos amablemente. Menos mal: días después, unos campesinos amigos nos dijeron que había seis guardias civiles escondidos día y noche en esa finca. Íbamos armados y dispuestos a luchar, pero era mejor evitar el combate».

Los maquis de Antonio Machuca aprovechaban todo lo que podía ofrecer Sierra Blanca. «Nuestros pies se adaptaron y adquirimos la agilidad de cabras montesas. Estas cabras, abundantes por estar en coto de caza real, eran deseadas por su carne. Organizamos una caza al estilo prehistórico: rodeábamos a las cabras en semicírculo y luego corríamos hacia ellas gritando. Las asustadas cabras huían por un acantilado y caían al vacío. Luego las repartíamos y cocinábamos en nuestro refugio». En otra ocasión, Machuca y sus compañeros encontraron panales naturales en un lado de la montaña. Las abejas construían sus colmenas bajo rocas. Antonio utilizó una técnica simple para hacerse con este manjar sin salir comido a picaduras: ahumar la colmena con antorchas de hojas verdes, se cubría el rostro con un saco, abría el panal y recogía la miel en una calabaza vacía. «Nunca sufrimos picaduras».

«Las saqueamos varias veces con éxito. Así, desayunábamos café con miel y comíamos pan con miel en todas las comidas, un lujo gastronómico en medio de la lucha diaria por sobrevivir», recuerda Antonio.

En el verano de 1938, mientras la guerra continuaba muy lejos, las autoridades franquistas decidieron acabar con las partidas de maquis en Sierra Blanca aislando la montaña de la llanura costera y reduciéndolos por hambre. Para lograrlo, cada granja debía ser vigilada por dos Guardias Civiles mientras grandes fuerzas militares peinaban la montaña.

Antonio decidió, junto a su amigo José Rueda dejar el refugio en la montaña y, al anochecer, “descendimos hacia la granja Puerto Rico donde tenía un amigo que criaba cabras y cerdos. Hablamos mientras él terminaba de ordeñar sus cabras. Luego, regresó a su casa, mientras nosotros nos quedamos junto al cercado, apoyados en un abrigo para animales. Habíamos acordado que nos traería la cena y luego buscaríamos otro refugio”. Sin embargo, llegaron dos Guardias Civiles y Antonio y su amigo tuvieron que esconderse cinco días en una pequeña cueva escondida entre arbustos y sombreadas por higueras en un campo de su amigo de Puerto Rico.

Los maquis lograron escapar una y otra vez de los intentos de las autoridades franquistas por atraparles. Pasaron los meses y la situación se fue haciendo cada vez más insostenible hasta obligarles a plantearse una fuga épica a territorio seguro. Una huida que será relatada este domingo en la tercera parte de esta serie de reportajes sobre Antonio Machuca.

Puedes leer la primera parte de este reportaje en este enlace: https://www.elperiodicodemarbella.com/sierra-blanca-como-trinchera-la-increible-historia-de-antonio-machuca/

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