Este relato es mucho más que la historia de la fuga de un grupo de maquis desde Sierra Blanca a Gibraltar en el contexto de la Guerra Civil. En esta serie de reportajes se dará a conocer la historia de un marbellí, Antonio Machuca, y de la época en la que le toco vivir: cuando Marbella era un pueblo minero y agrícola con grandes desigualdades, en la cárcel durante la República por defender los derechos laborales de los obreros, en la Sierra Blanca oculto durante la Guerra Civil sobreviviendo como maquis y, tras una épica fuga, en el exilio de Francia sin poder volver a su querida Marbella.  

1939 fue un año duro para la inmensa mayoría de los marbellíes. Hay historiadores y académicas que han escrito sobre esta época de Marbella, como Fernando Alcalá Marín o Lucía Prieto, reflejando en sus libros tiempos de hambre, de cartillas de racionamiento y de recuperación de los traumas de la casi finalizada Guerra Civil tanto para quienes habían apoyado a la República como a quienes respaldaban al Franquismo.

Pero muy poco se sabe del fenómeno de los maquis en Marbella: un puñado de marbellíes que huyeron a Sierra Blanca para escapar de la represión franquista. Estas personas sobrevivieron en condiciones muy duras escondidas de la Guardia Civil en parajes ahora transitados por senderistas como Nagüeles, Camoján o Puerto Rico.

Este periódico, gracias a la profesora de la Universidad de Málaga Lucía Prieto, ha tenido acceso a un manuscrito inédito escrito por el francés Raymond Chaumette en 1973 en el que relata la vida de su amigo exiliado en Francia Antonio Machuca, uno de los maquis que estuvo oculto en nuestras montañas y que protagonizó una aventura increíble para escapar desde las montañas de Marbella a Gibraltar en los inicios de la Segunda Guerra Mundial. Es además un documento de un gran valor histórico porque refleja cómo de dura era la vida en Marbella y España antes y durante la Guerra Civil.

UNA VIDA DURA EN LA MINA Y EN EL CAMPO

Antonio Machuca nació el 4 de mayo de 1912 y era el más joven de 7 hermanos. Su padre Francisco Machuca trabajaba de guardián y jardinero de la residencia del director de la mina de hierro del Peñoncillo y su madre, María Ortiz, contribuía a los ingresos familiares criando algunos cerdos, uno de los cuales estaba reservado para el consumo de la familia.

«Crecí en las inmediaciones de la ciudad, ya que mis padres vivían en una casa de la Compañía Minera y, siendo aún niño, participaba en el trabajo de un campo que mi padre había podido alquilar a la Compañía minera. Siendo el menor de la familia, incluso tuve el privilegio de ir a la escuela nocturna desde los diez años, durante tres años, ya que el curso era de pago, a razón de dos céntimos por noche, suma que no se había podido destinar a nuestros hermanos mayores», recuerda Antonio Machuca.

Al joven Machuca la vida le cambio cuando, con 13 años, su padre murió y tuvo que ponerse a trabajar,  «ya que me quedaba como único varón con mi madre y mi hermana Ana. Me hice contratar en la mina de hierro, lo cual estaba jurídicamente prohibido, ya que había que tener quince años para tener ese derecho, aunque no era un caso aislado y varios niños ya estaban empleados en la mina como obreros».

Según relata en su manuscrito, el trabajo en la mina era agotador, consistía en transportar el mineral de hierro al que se le había hecho un primer lavado y mezclado con arena, con lo que, mientras era transportado, «íbamos descalzos, mojados, empapados hasta los huesos de la mañana a la noche. El trabajo lo hacíamos de forma artesanal, transportábamos la mezcla en un cesto hecho con hojas de palma. Una vez lleno, el cesto se llevaba sobre la cabeza, donde reposaba sobre un cojín de esparto. Y así, giraba la interminable procesión de hormigas trabajadoras encadenadas voluntariamente a un engranaje de la mina».

Como este trabajo estaba prohibido para niños menores de quince años, durante las visitas del director de la mina, Antonio y otros menores se escondían para que no notara su presencia.

En 1927, cumplió quince años. «Decidí cambiar de trabajo, me hice jornalero agrícola itinerante. Formábamos equipos que se desplazaban de granja en granja según las ofertas de empleo; estos equipos comprendían entre diez y treinta obreros según la importancia de la granja. Cada equipo estaba a cargo de un responsable al que llamábamos el Caporal», explica Machuca.

Jornaleros del siglo XX bajo la atenta mirada del capataz.

La jornada laboral estaba orquestada por el sol, desde el amanecer hasta el anochecer, solo interrumpida por los breves descansos concedidos a la hora de las comidas. Antonio señala en su manuscrito que, en la región de Marbella crecía el trigo, la caña de azúcar y la remolacha azucarera y, sobre todo, la vid. «Si el Caporal juzgaba que durante la jornada el trabajo realizado por uno de nosotros era insuficiente podía comunicar el despido esa misma tarde. A veces, el Caporal nos hacía trabajar después de la puesta del sol. Sin embargo, dado que se pagaba por jornada, no recibíamos ningún suplemento cuando se alargaba esta, no se tenía en cuenta su duración. Además, no se permitía ninguna manifestación de protesta; implicaba el despido inmediato y, lo que era más grave, la incertidumbre de ser contratado en otro equipo, ya que se organizaba un severo filtrado contra aquellos a quienes los terratenientes llamaban agitadores», explica Machuca.

MACHUCA SE HACE SINDICALISTA Y ACABA EN LA CÁRCEL

En 1930, los obreros de las minas de hierro y los del campo fundaron un sindicato común clandestino en Marbella. Las reuniones se organizaban por la noche, celebrándose en las laderas de Sierra Blanca. Poco después, tras las elecciones municipales, la República fue proclamada el 14 de abril de 1931. «Nuestra esperanza fue grande, ya que los sindicatos se legalizaron, la jornada agrícola no debía extenderse más allá de la puesta de sol, se reconoció el derecho de huelga, etc. Sin embargo, la realidad fue que la República fue incapaz de hacer aplicar las nuevas leyes. Los obreros y los mineros no vieron mejora alguna en su situación, lo que provocó su descontento», relata Antonio Machuca.

El sindicalista marbellí explica en su manuscrito que, en septiembre de 1933, los obreros agrícolas organizaron una huelga prohibida que provocó una represión violenta y Antonio, junto con otros miembros del comité de huelga, Antonio Rovira y Juan Ruiz, fue arrestado. «Fuimos juzgados en Málaga. El fiscal nos calificó de terroristas y pidió la pena más severa. Nuestro abogado mostró nuestras heridas producidas durante los interrogatorios y pidió la absolución. El jurado deliberó brevemente: 17 años, 4 meses y un día de prisión».

La primera prisión en la que fue encerrado Machuca fue la de Málaga, «donde recibíamos muy poca comida, era insuficiente y de mala calidad. Por ello, decidimos hacer una huelga de hambre de tres días. La represión no se hizo esperar: fuimos aislados por parejas durante 15 días. Al salir, la comida había mejorado ligeramente. Nuestra acción unida había dado fruto».

Al poco tiempo Machuca y otros 14 presos organizaron un intento de fuga con la complicidad de uno de los soldados que los vigilaban. El plan era sencillo, una noche, forzaron la cerradura de la celda, subieron al tejado de la prisión y, con la ayuda de una cuerda prestada por el guardia cómplice, tenían que descender a la calle donde unos coches les esperaban para llevarles a Gibraltar. Sin embargo, una patrulla los descubrió cuando cuatro de los presos estaban ya en los coches, que huyeron dejando atrás a los otros 11 presos, incluido Machuca.

En la primavera de 1934 Machuca y dos amigos suyos de Marbella fueron traslados a la prisión de Cartagena, donde el director les advirtió que el régimen era muy estricto, que no se permitían violaciones del reglamento bajo pena de aislamiento mínimo de seis meses, “así que comenzamos nuestro internamiento con un “noviciado” de seis meses en solitario, cada uno en su celda. Se nos permitió un paseo diario de quince minutos en una pequeña explanada rodeada de muros blancos, manteniendo una distancia estricta de cuatro metros entre nosotros bajo pena de sanción“.

Un año después los tres marbellíes fueron trasladados, en la primavera de 1935, a la fortaleza de Chinchilla. “Pronto comprendimos que el régimen penitenciario era aún más duro que el de Cartagena. La disciplina era más estricta: teníamos que ir en fila al comedor, donde estaba prohibido hablar durante las comidas. También aquí la comida era insuficiente. Las sanciones caían con dureza: palizas, golpes de porra, etc. El invierno de 1935 fue especialmente duro por el intenso frío que reinaba a esa altitud, y, por supuesto, no teníamos calefacción. Dormíamos vestidos, encogidos como perros, con ropa de estameña que nos irritaba la piel. Sufríamos mucho por el frío, que a menudo nos mantenía despiertos buena parte de la noche”, recuerda Machuca.

Tras las elecciones de 1936 el Frente Popular salió victorioso en las elecciones generales y todos los presos políticos debían ser liberados. Sin embargo, el director de la prisión detuvo a uno de los dirigentes sindicales presos en Chinchilla y los guardias comenzaron a darle una paliza delante de los demás presos. A continuación se produjo un motín. “Los prisioneros se apoderaron de las tablas y de las piezas metálicas de las camas. Los guardias huyeron al patio y abrieron fuego contra nosotros. Nosotros nos replegamos en las habitaciones, amontonamos las camas y las usamos para atrancar las puertas. Se rompieron los tabiques que separaban las habitaciones para poder reunirnos todos juntos. El entusiasmo era general”, explica Machuca en su manuscrito.

Permanecieron atrincherados durante cuarenta y ocho horas, sin provisiones, sin agua (habían cortado el suministro). Frente a esta resistencia decidida de los prisioneros, el director de la prisión pensaba doblegarlos por hambre más que por la fuerza de las armas. Los presos sublevados comunicaron al director “que estábamos dispuestos a entablar conversaciones con el gobernador militar de Albacete ya que contemplábamos rendirnos ante las autoridades militares, pero no ante las fuerzas policiales en las que no teníamos ninguna confianza”. Y así fue, se llegó a un acuerdo y los militares ocuparon la prisión mientras el director se alejaba al frente de los guardianes. Los presos permanecieron una semana más en prisión mientras se tramitaban los procedimientos administrativos de la amnistía.

Machuca recuerda con alegría el regreso a Marbella a finales de febrero de 1936. Tras bajar den tren en la estación de Málaga, “nos esperaba un camión fletado por la ciudad de Marbella. Fuimos recibidos como héroes por una multitud de amigos y nuestras familias. La banda municipal acompañaba el desfile, nos abrazaban, todos querían darnos la mano. Encontré a mi anciana madre, entonces de setenta años, a la que estreché contra mi pecho”.

Tras las celebraciones, Antonio Machuca volvió al trabajo, empleado en el cultivo de la caña de azúcar en la Colonia de El Ángel “La producción de esta finca abarcaba un amplio abanico de cultivos: viñedos, naranjos, limoneros, patatas, trigo, etc. Comprendía tierras cultivables; se araban con mulas o bueyes, el arado para la caña de azúcar debía ser más profundo que el que se usa normalmente. Poseía además un importante rebaño de vacas, lo que era bastante raro en nuestras regiones. También disponía de su propio sistema hidráulico de irrigación que le proporcionaba una autonomía que muchos pequeños propietarios envidiaban”.

No sabía entonces Antonio que estaba a escasas semanas del inicio del conflicto bélico más terrible que ha padecido España y que tanto él como su familia sufrirían durante décadas sus consecuencias. De su participación en la Guerra Civil, sus aventuras en Sierra Blanca como maquis, su épica huida a Gibraltar junto a otros compañeros y su exilio forzado se sabrá en un segundo reportaje que se publicará este sábado.

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