Cuando al general López Domínguez le encargaron el 9 de diciembre de 1873 la conquista de Cartagena, la capital cantonalista llevaba varios meses resistiendo con valentía el asedio del ejército leal a la I República. La clave era la velocidad: el 10 de diciembre López Domínguez se reunió en Madrid con el presidente de la República, Emilio Castelar, que le urgió a tomar Cartagena antes de la apertura de las nuevas Cortes el día 1 de enero de 1874. Para el cuestionado gobernó republicano era esencial iniciar el año con la derrota del cantonalismo y, según explica Manuel Rolandi, autor del libro El Asedio de Cartagena de 1873 a 1874 (Nova Espartaria), “le prometieron que le enviarían todos los máximos refuerzos que pudieran”.

El militar marbellí se desplazó inmediatamente a Cartagena, estudió la situación y, según Rolandi, tomó tres medidas fundamentales: solicitó refuerzos y, pocos días después a su ejército de sitio le llegaron nuevos efectivos entre el 20 y el 21 de diciembre (hasta alcanzar los 10.200 hombres) y se completaron hasta 14 baterías de sitio, con un total de 51 piezas de artillería pesada. Modificó el plan de ataque sobre Cartagena, relegando el inicial ataque al ala izquierda de la plaza (Puertas de San José y castillos de San Julián y Moros) y dirigirlo hacia su ala derecha (Puertas de Madrid y Castillo de La Atalaya), e intensificó y concentró los bombardeos en esta ala derecha.

Grabado del asedio de Cartagena.

La táctica del militar marbellí fue directa y simple: con sus baterías pesadas comenzó un intenso bombardeo de la ciudad y sus fortificaciones, hasta el punto de que, cuando acabó el asedio, se había conseguido destruir cerca del 75% de la ciudad. Fue un duelo artillero como nunca se había visto porque los defensores dieron también amplio uso a sus cañones. “En total, fueron 48 días de bombardeo prácticamente ininterrumpido, de noche y de día, durante el que se lanzaron 27.000 proyectiles contra la ciudad y sus defensas militares y a lo que los cantonales respondieron con 16.400 proyectiles, con lo que se alcanzó un nuevo récord histórico, al convertirse en el mayor duelo artillero plaza/sitio de la Historia de España”, explica Manuel Rolandi.

DOS HECHOS QUE DIERON LA VICTORIA A LÓPEZ DOMÍNGUEZ

El cambio de estrategia del general López Domínguez pronto dio sus frutos: de manera fortuita una salva de artillería del ejército lealista tuvo la fortuna de impactar el 6 de enero en el Parque de Artillería de Cartagena, volando todas las reservas de pólvora y municiones de los defensores cantonalistas y desgraciadamente matando a numerosos civiles que se habían buscando refugio en él.

Tres días después, tuvo lugar otro hecho trascendental: la toma del Castillo de la Atalaya el 9 de enero. Según explicó el Cronista Oficial de Cartagena, Luis Miguel Pérez Adán, en un artículo publicado en 2016 en el periódico La Verdad, “La Atalaya fue denominado por los cantonales como el ‘Castillo de la Muerte’. Su protagonismo no está tanto en los 2.039 disparos que realizaron sus 24 piezas de artillería sobre las fuerzas centralistas que sitiaban Cartagena, sino en que se rindió al enemigo y fue clave para la finalización de la Sublevación Cantonal”.

Para el Cronista, sobre esta rendición existen dos versiones. “Según las fuentes analizadas, para los vencedores la situación de la fortaleza era insostenible, como señaló el general al mando de las fuerzas centralistas, López Domínguez: «El castillo del Atalaya, pues, se rindió por la fuerza de las armas». Por otro lado, nos encontramos con la versión de los cantonales, que en sus memorias siempre hablan de traición”.

El impresionante Castillo de la Atalaya dominaba completamente la ciudad de Cartagena.

Pérez Adán explica que el general Contreras, jefe de las tropas cantonales de Cartagena, escribió en sus memorias: “el Castillo del Atalaya fue vendido por su gobernador. Según voz pública, percibió treinta mil duros por la indigna hazaña, pasándose con su guarnición al ejército enemigo. Nada más trascendental que la entrega de un castillo que, por su situación topográfica, domina el puerto y el Arsenal, bate de flanco todos los baluartes y lienzos de la Muralla y domina los fuertes de los Moros y Despeñaperros, entregando así las llaves de la Plaza y a sus defensores a merced del enemigo”.

La situación de los sublevados en Cartagena se hizo insostenible. “Los sublevados se habían quedado ya prácticamente sin reservas de municionamiento y pólvora, y con el castillo de La Atalaya en manos de los sitiadores, la ciudad y el Arsenal Naval se encontraba ya bajo sus fuegos. Toda resistencia resultaba ya inútil de prolongar y no existían posibilidades reales de conseguir apoyos desde el exterior”, explica el investigador Manuel Rolandi.

A nivel nacional la situación también se había vuelto insostenible para los cantonalistas. El 3 de enero cayó el gobierno del presidente Castelar y un Golpe de Estado dio el poder al general Serrano, el tío de López Domínguez. La prioridad del nuevo gobierno estaba clara: terminar tanto con el cantonalismo como con la III Guerra Carlista. Cartagena estaba condenada.

En la ciudad murciana, tras la voladura del Arsenal y la caída de La Atalaya, el 11 de enero tuvo lugar una Asamblea donde se decidió aceptar los términos de rendición ofrecidos por el general marbellí. Al día siguiente, la fragata Numancia logró escapar de Cartagena con cientos de cantonalistas que se acogieron al exilio en la Argelia francesa. El día 13 de enero el general José López Domínguez hizo su entrada en la devastada ciudad de Cartagena.

Caricatura del bombardeo sobre la asediada Cartagena.

Cuando los cañones callaron y el silencio se impuso tras semanas de bombardeo, poco quedaba en pie en Cartagena. El libro El Asedio de Cartagena de 1873 a 1874 (Nova Espartaria), estima que, “como consecuencia de los duros bombardeos sufridos, aproximadamente las tres cuartas partes de la ciudad resultó destruida o afectada de forma importante. Se contabilizaron 327 edificios que fueron totalmente destruidos, y algo más de 1.800 que sufrieron grandes deterioros en sus estructuras, mientras que tan solo una treintena edificios de Cartagena quedaron indemnes”.

A pesar de las decenas de miles de salvas artilleras que se dispararon por parte de ambos bandos y de la destrucción de tantas viviendas, resulta increíble las relativas pocas bajas que se produjeron durante el asedio de Cartagena. Según señala Manuel Rolandi, “una estimación realizada por mí mismo (y basada en datos obtenidos estrictamente de los documentos oficiales, de ambos bandos), señala que las bajas totales producidas durante toda la Sublevación Cantonal, como consecuencia de enfrentamientos armados (no por otras causas secundarias, como accidentes, enfermedades, hambre, etc.), fueron unas 770 (630 de los cantonales y 142 de los gubernamentales), y, de ellas, durante el asedio de Cartagena, es decir, entre el 15 de agosto de 1873 y el 12 enero de 1874, fueron unas 570 de los cantonales y unas 86 de los gubernamentales.

LA CLEMENCIA DEL GENERAL MARBELLÍ

Según explica el historiador Manuel Rolandi, toda la documentación manejada indica que el general López Domínguez se portó bien y caballerosamente con los vencidos tras la rendición de Cartagena.

“A todos ellos, López Domínguez les ofreció que recomendaría al gobierno que se indultara a todos los que entregasen las armas, dentro o fuera de la plaza. El problema fue que, tras rendirse la ciudad, el gobierno presidido por el general Serrano no respetó estos ofrecimientos y llevó a cabo una dura persecución y represión de los sublevados que no pudieron huir a Argelia”, explica el autor de El Asedio de Cartagena de 1873 a 1874 (Nova Espartaria).

Según detalla Rolandi, se detuvo y sometió a juicio a más de un millar de cantonales (militares y civiles), que en su mayoría fueron condenados a diferentes penas de encierro en los lejanos archipiélagos de Las Marianas y Las Corregidoras (pertenecientes a la Capitanía General de las Filipinas), mientras que la mayor parte de los militares fueron enviados a combatir en la Guerra de los Diez Años de Cuba en batallones de castigo. Por último, 37 dirigentes cantonales (los que habían formado parte del Gobierno Provisional establecido en Cartagena o a la Junta Revolucionaria de la ciudad) fueron condenados a muerte, pero ninguna sentencia se ejecutó, al estar todos ellos huidos en el extranjero. Finalmente, todos los condenados fueron indultados y pudieron regresar a España (los que todavía vivían), tras el indulto real del 28 de julio de 1877, es decir, tres años y medio después de la rendición de Cartagena. 

LÓPEZ DOMÍNGUEZ DESPUÉS DE CARTAGENA

Por su decisivo papel en la toma de Cartagena, López Domínguez fue ascendido a Teniente General y recibió la Laureada de San Fernando, la máxima condecoración al valor. La carrera militar de López Domínguez continuó en ascenso con su nombramiento como Jefe del Ejército del Norte frente a los carlistas. Fue posteriormente ascendido a Capitán General, el máximo cargo militar.

Sin embargo, como era tan propio de esa época, el general marbellí pronto cambió el campo de batalla por la política. Fue muchos años diputado y senador. Ocupó la cartera de Ministro de la Guerra entre octubre de 1883 y enero de 1884 y, de nuevo, diez años después. Finalmente,  tras ser presidente del Senado, en julio de 1906 fue nombrado presidente del Consejo de Ministros, a cargo del Gobierno, alcanzando el máximo cargo público ostentado por un marbellí. Fue, no obstante, una responsabilidad efímera ya que, como explica su biógrafo y descendiente, Antonio Romero Domínguez, “cuando apenas llevaba cuatro meses en el desempeño del cargo, fue apartado por una maniobra poco honesta de Segismundo Moret”.

Después de dimitir el político y militar marbellí vivió apartado de la vida pública y falleció en Madrid el 17 de octubre de 1911.

José López Domínguez fue una persona que jugó un papel muy importante durante décadas para la historia de España, política y militarmente hablando. Y aún así es casi un total desconocido para los marbellíes. Merece mucho más que el nombre de una calle en nuestro municipio.

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