Artículo de Francisco Moreno, vocal de Cultura de la Comisión Gestora, en el 20 aniversario de este organismo que supervisó la gestión municipal de Marbella tras la disolución del Ayuntamiento en 2006.

Es una historia que quiero contar. El olvido está lleno de memoria pese a los “Olvidadores” de Benedetti. Fue un miércoles 19 de abril de 2006. El salón de plenos estaba a rebosar, expectación y tensión, la Comisión Gestora nombrada por los partidos con representación en el ayuntamiento, excepto el Grupo GIL, iba a tomar posesión de sus cargos como consecuencia del Real Decreto 421/2006 del Ministerio de Administraciones Públicas, aprobado por el Consejo de Ministros, tras la petición del Consejo de Gobierno de la Junta de Andalucía de disolver la Corporación Municipal.

Los motivos se basaban en “la contravención sistemática de la legalidad por la actual Corporación en el otorgamiento de licencias en materia de urbanismo, así como su absoluta falta de colaboración con la Junta de Andalucía, al desatender sus numerosas solicitudes y requerimientos referidos a actos viciados de nulidad, paralización de obras ilegales, incoación de expedientes sancionadores y restablecimiento del orden jurídico perturbado.

La inactividad del Ayuntamiento ante los distintos requerimientos judiciales para la paralización de obras, así como otras irregularidades, que incluyen permutas y enajenaciones de inmuebles contrarias a la legalidad y la concesión directa para uso privativo de bienes de dominio público afectos a equipamientos o constitutivos de zonas verdes. La compleja y delicada situación provocada por la salida del consistorio de los concejales y alcaldes que han tenido que presentar su dimisión tras ser inhabilitados penalmente para el ejercicio de cargos públicos, así como la situación procesal de diversos cargos municipales actuales imputados (Alcaldesa-Presidenta del Ayuntamiento, Primera Teniente de Alcalde, Quinto Teniente de Alcalde, concejales, el ex gerente de Urbanismo y el Secretario del Ayuntamiento)”.

Varios días antes del Pleno había recibido una llamada, de esas de número desconocido, que respondí. Era Marisa Bustinduy, otrora Secretaria Provincial del PSOE, que me propuso ser miembro de la Gestora. Argumenté que no era militante, ni conocía en qué iba a consistir mi cometido, que era lo más parecido a un salto al vacío. Expuso que buscaban perfiles técnicos, independientes y relevantes, que habría un reglamento de funcionamiento y me conminó a decidirlo en un par de días. Di el paso. Aún no he podido discernir si fue un premio o una condena, quizá ambas, acaso ninguna.

Cuando me presenté en la sede de la Diputación de Málaga el barullo era importante con personas hasta en las escaleras. Tuve que preguntar a una empleada dónde dirigirme que “era uno de los elegidos”. Me pasaron a una salita donde comencé a ver rostros familiares, Ana Más y Rafa Duarte, ¡uf, que alivio! En la toma de posesión descubrí que conocidos y amigos como Salvador Guerrero, que fue sustituido después por Javi García que estaba de suplente, y Baldomero León habían sido nombrados por el Partido Popular y Miguel Díaz por Izquierda Unida. Al resto no los conocía de nada.

Me nombraron Vicepresidente 4º del Distrito Centro, miembro de la Comisión de Gobierno, Vocal de Cultura y Enseñanza, Vicepresidente de la Fundación Municipal de Arte y Cultura, presidente del Consejo de Administración de la sociedad Radio Televisión Marbella y vocal de un par de sociedades másconcero experiencia en gestión de una administración pública, como el resto de mis compañeros que ocuparon un número de cargos similares. Me compadecí de los que habían sido asignados a las áreas más conflictivas, Personal para Josefa López, Carlos Rubio con Hacienda y Seguridad Ciudadana, Rafa Duarte en la cueva de Alí Babá de la Gerencia de Urbanismo y Limpieza para Silvia Cabrera a la que recuerdo un día repartiendo bolsas de basura a varias limpiadoras en la puerta de la Sala de Comisiones para que pudieran trabajar. 

Diego Martín Reyes había sido nombrado presidente, que no alcalde, con la abstención del Partido Popular. Algo que me llamó la atención ya que se nos obligaba por nuestro reglamento de funcionamiento a tomar las decisiones por unanimidad. Manifesté mi disconformidad con la forzada dimisión de Salvador Guerrero al que siempre he considerado una persona íntegra y cabal que nos hubiera venido muy bien. Los partidos políticos también jugaban.

Tras entregarnos los teléfonos corporativos, cada uno se dirigió a su puesto de trabajo. El abismo se abre. Reuniones, reuniones y más reuniones interminables, hasta la madrugada, hasta el agotamiento porque en realidad no sabíamos cómo tratar semejante dislate. Dudas, debates, asesoramientos internos y externos; ideologías, discrepancias, recelos y crisis, algunas existenciales, ganas de dimitir, más bien de salir corriendo.

El ayuntamiento era un caos, concejales detenidos, el secretario imputado, docenas de cargos de confianza en puestos directivos, con sueldos de hasta 10.000 euros mensuales, campando a sus anchas. La tesorería sin fondos para pagar las nóminas de los trabajadores de una plantilla sobredimensionada y desequilibrada, inexistencia de presupuesto, los sistemas de control y fiscalización destruidos. La estructura de personal y administrativa se sostenía con alfileres. Los convenios urbanísticos, muchos delictivos, bajo lupa judicial. Y allí estábamos nosotros “un gobierno de mujeres y hombres buenos” con la tarea de restituir la legalidad, gestionar el desastre, dar sensación de consenso y sonreír porque tampoco era el momento de montar un drama.

En ese maremágnum surgió la figura de Diego, atento, equilibrado, firme en las formas y cariñoso en el trato; siempre lúcido y carismático hasta en los episodios críticos porque la Gestora pudo desmoronarse como un castillo de naipes cuando las ayudas prometidas no llegaban, las diferencias entre los gestores parecían insalvables y las compatibilidades profesionales imposibles. Pero sobrevivimos.

Hubo momentos dificilísimos porque se planteó una regulación de empleo para despedir a cientos de trabajadores, cerrar Radio Televisión Marbella y echar a determinados empleados con unos criterios en el que a veces pagaron justos por pecadores. Amagos de huelga, conflictos, personal achicharrado. Sin embargo, frente a tanta adversidad, quisiera destacar a los muchísimos empleados profesionales, generosos, con una voluntad de servicio público a prueba de bombas que creyeron en nosotros y nos ayudaron. Marbella puede sentirse orgullosa de ellos.

Si no tuvimos bastante, comenzaron las amenazas contra nuestra integridad, la UDYCO había detectado a ciertos elementos incontrolados: contravigilancia a los vocales y protección con escolta al presidente. La mafia nunca muere.

Hace unos días, nos reunimos los seis designados por el PSOE para celebrar nuestro particular e íntimo vigésimo aniversario. No hay nostalgia ni desilusión. Mantenemos una relación de confianza y complicidad pese al paso del tiempo. Tenemos un grupo de whatsapp que utilizamos para no perder el contacto. Dicen que en los momentos más complicados de tu vida los lazos de amistad y solidaridad son poderosos y perdurables. Pese a que con el resto de vocales he perdido el contacto, guardo un buen recuerdo de la mayoría. Cuando coincido con alguno de ellos el trato es afectuoso. Hay recuerdos imborrables. Fuimos soldados voluntarios que nos enviaron, sin más armas que las de la convicción, a un frente insólito en el que ya no había enemigos, solo una ciudad con ciudadanos que habían otorgado cuatro mayorías absolutas a una organización criminal.

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