Francisco Romero- Educación Financiera- La desconexión Economía real-Bolsa de valores

El 11 de diciembre de 2015 se estrenaba ante una reducida audiencia la película dirigida por Adam McKay, The Big Short, título traducido al castellano como La gran apuesta, que narraba “cómo un puñado de inversores jugaron a perder contra el mundo, y ganaron”.

Este resumen de la trama es el que incluye Michael Lewis como subtítulo del ensayo novelado del que es autor y en el que se basa esta película. El mismo fue publicado el 15 de marzo de 2010 y pasó 28 semanas en la lista de los libros más vendidos del New York Times.

Michael Lewis no era economista, estudió Historia en Princeton y obtuvo un Máster en Economía por la prestigiosa London School of Economics. Pero sobre todo, trabajó durante un tiempo en Londres como analista de bonos en Salomon Brothers, uno de los Bancos de Inversión más importantes del mundo, lo que le granjeó un conocimiento profundo y de primera mano de la industria financiera previa a la gran crisis de 2008.

Los hechos descritos en La gran apuesta son absolutamente reales. A partir de 2004 al menos, varios analistas e inversores en EEUU fueron conscientes del inmenso castillo de naipes en que se había convertido Wall Street. Sobre la base del indubitado y continuo crecimiento de los precios de la vivienda (que luego se demostraría espurio), se construyó un negocio de proporciones gigantescas a través de productos financieros de tal complejidad que ni siquiera los que los creaban podían identificar con absoluta certeza de lo que estaban compuestos.

Para rentabilizar el flujo de ingresos que generaban los pagos periódicos de las hipotecas sobre viviendas o de préstamos personales para consumo por parte de sus prestatarios, se emitieron bonos creados con estos préstamos como subyacente. De modo que si un ahorrador compraba uno de estos novedosos bonos, estaba adquiriendo grosso modo el derecho a recibir los pagos periódicos de cada préstamo que estuviera incluido dentro de su bono.

Era una manera lógica de sacar el máximo rendimiento a la industria financiera. En primer lugar, el cliente que deseaba acceder a una vivienda, obtenía financiación por parte de las entidades de crédito correspondientes. Las cuales cumplían así con su razón de ser y objeto social: prestar dinero dinamizando la economía. Por otro lado, los ahorradores podían también obtener un rendimiento “garantizado” para su dinero, invirtiendo en los bonos creados con estas hipotecas como subyacente.

Pero podía darse el caso de que los titulares de las hipotecas que generaban ese flujo de ingresos no pudieran pagar sus préstamos y toda la estructura se viniera abajo de golpe. Para reducir el riesgo de impago de estos préstamos y, por tanto, de los cupones que recibían los dueños de los bonos, se crearon ex profeso toda suerte de productos complejos, entre los que destacaron las famosas CDS o permutas de incumplimiento crediticio. Con este complejo producto financiero, se transfería el riesgo de impago de las hipotecas al vendedor de la CDS, que obtenía a cambio el pago de una prima periódica. Como estas primas resultaban ridículamente baratas, había que conceder un grandísimo volumen de hipotecas para que los vendedores de CDS, obtuvieran grandes beneficios. De modo que la industria se puso a ello con todo el vigor que le permitía el alineamiento insano de incentivos a este respecto.

Además de lo anterior y con el mismo fin de reducir el riesgo de impago, se “empaquetaron” tramos de préstamos de distinta calidad crediticia dentro de cada bono, de modo que no hubiera bonos con mayor riesgo de incumplimiento de pago que otros, sino que en cada bono, había tramos mejores y peores que entre sí compensaban el riesgo de caída de toda la estructura.  

Como colofón, las desde entonces denostadas Agencias de Calificación Crediticia ponían estupendos “lazos” o calificaciones crediticias excelentes a cada bono, según el riesgo de impago que tuvieran. Dado que se habían hecho paquetes de bonos por tramos y se habían asegurado mediante productos especiales para cubrir este riesgo, las Agencias otorgaron su bendición mediante la máxima calificación crediticia (AAA) a emisiones bonos basados en préstamos hipotecarios (las famosas sub-prime)  concedidos a clientes sin ingresos y que en muchas ocasiones ni siquiera habían presentado ningún tipo de documentación sobre su situación financiera.

En la base de todo esto se encontraba la absurda creencia de que el precio de la vivienda siempre seguiría al alza, de modo que cualquier dificultad de pago podía resolverse rehipotecando la vivienda (que ahora valdría más que cuando se concedió la primera hipoteca) y obteniendo así liquidez para hacer frente a los pagos.

Michael Burry  acababa de terminar su residencia en neurología en 2000 cuando informó al Hospital de Stanford de que dejaba la medicina para convertirse en Gestor de su propio fondo de inversión. Fundó Scion Capital con el poco dinero que había heredado de su padre y el que le prestaron sus familiares. Burry era médico, pero desde pequeño había leído por su cuenta y se había formado de modo autodidacta en la corriente conocida como inversión en valor que fundara Ben Graham y cuyo discípulo más conocido, Warren Buffett, no necesita presentación.

Durante su residencia, Burry hacía turnos de 16 horas en el hospital y le dedicaba 3 horas más a su blog sobre la Bolsa. Nadie sabía de dónde sacaba el tiempo y la energía para ello, el caso es que publicaba sus operaciones en bolsa y los motivos por los que las hacía. Pronto, grandes Fondos de Inversión empezaron a seguirle y a ganar dinero gracias a sus opiniones. De modo que cuando fundó Scion, le llamó nada menos que Joel Greenblatt (una de las leyendas de la inversión en todo el mundo) para comprarle un cuarto de su negocio antes incluso de que empezara a operar.

Burry era un excelente analista de empresas, pero descubrió el mundo de los bonos subprime y esto cambió para siempre su vida. Los bonos basura basados en préstamos concedidos sin ningún tipo de criterio, generados sólo para conseguir más combustible para la insaciable locomotora de Wall St., no tenían ningún valor real si el precio de las viviendas hipotecadas bajaba en algún momento. Esto provocaría impagos que harían que toda la estructura deviniera fallida, provocando la pérdida completa del valor de la industria.

Por ello, Burry se dedicó a encontrar Bancos que le vendieran permutas de incumplimiento crediticio o CDS (por sus siglas en inglés), un producto que ni siquiera existía entonces. Y compró todo lo que pudo.

En su momento, que el mercado inmobiliario americano pudiera caer, era considerado una herejía de proporciones cósmicas. Dado que la estructura legal de las entidades que concedían hipotecas era de titularidad pública, lo que significaba, que las hipotecas estaban garantizadas por el Estado americano. Poco a poco, más entidades, ahora privadas, fueron adhiriéndose a este negocio y las garantías se trasladaron a entidades aseguradoras a cambio del pago de primas que generaron, durante un tiempo, un negocio de miles de millones de dólares.

Lo que pasó es bien conocido gracias a libros y películas como The Big short.

Cuando finalmente el mercado inmobiliario americano se vino abajo, Burry ganó cientos de millones de dólares para sus clientes. Pero todo el sistema financiero mundial requirió de un rescate de proporciones descomunales cuyas consecuencias seguimos sufriendo en la actualidad.

Los Bancos Centrales empezaron entonces a llevar a cabo las ingentes compras de bonos de todo tipo (gubernamentales y corporativos) para sostener el sistema financiero. Y en esas seguimos. Hoy día, debido al estallido de la crisis sanitaria provocada por la pandemia del Coronavirus, los Bancos Centrales siguen utilizando esta arma de uso masivo que es la compra de deuda, de Gobiernos y empresas, para seguir sosteniendo artificialmente al sistema financiero de todo el mundo.

Pero agárrense, Mike Burry ha encontrado un nuevo filón sobre el que apostar a la baja. Se ha puesto corto en Tesla; es decir, ha invertido apostando a que Tesla, su precio en Bolsa, va a caer estrepitosamente. Y cuanto más caiga, más dinero ganará Burry.

Esto es la punta del iceberg. Cuando estalló la burbuja inmobiliaria en EEUU, se daba algo que ha reaparecido en la actualidad: una desconexión creciente entre la economía real y el mercado de valores. Casi con seguridad, la actual desconexión es mucho más inquietante que entonces y no paramos de ver muestras de la misma. Quien tenga curiosidad puede simplemente observar una gráfica que represente la cotización del índice S&P 500 vs el margen operativo de las empresas que lo componen. Nunca ha habido tanta distancia entre ambas líneas. Nunca se ha dado una desconexión tan enorme entre las expectativas y precios que cotiza el mercado y la realidad económica de las empresas.

Cuando observamos una de esta gráficas que comparan beneficios reales con cotizaciones en el mercado (véase por ejemplo otra de ellas en que se compare el PER de TESLA y sus resultados operativos), la sensación es que la economía ha cogido todo el aire que ha podido y está aguantando la respiración, esperando a que pase la tormenta. El mercado piensa que si la(s) vacuna(s) tiene(n) éxito, se capeará el temporal y la enorme distancia entre precio de mercado y valor real, entre cotización en Bolsa y resultados empresariales, disminuirá en la medida en que la pandemia sea controlada.

Pero hay cada vez más personas que están apostando a que esto no será así. Mike Burry ya acertó una vez, y fue uno de los mayores aciertos de la historia.

 Mientras tanto, la otra gran cuestión para conseguir la tormenta perfecta es el creciente volumen de deuda sobre PIB de los Estados. La liquidez que proveen los Bancos Centrales al comprar esta deuda es la que hace que el sistema siga funcionando. Pero si la economía logra salir adelante en un mundo postcovid inundado de dinero barato, el fantasma de la hiperinflación puede traer consigo un sobrecalentamiento de la economía rápido y masivo. Para arreglar esto, los Bancos Centrales tendrán que subir los tipos de interés. Imaginen a todos los países del mundo teniendo que hacer frente a una deuda desatada muy por encima del 120-130-140-…% de su PIB, a tipos de interés crecientes.

Ya hubo un famoso inversor que apostó contra una moneda (era la libra y el famoso se apellida Soros, sí). Ahora imagine a un Burry cualquiera que esté empezando a pensar cómo apostar en contra del mundo de nuevo…

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