Francisco Romero -Educación Financiera- Promesas electorales

A vueltas con los diferentes procesos electorales que se desarrollan en estos días y los que potencialmente están a la vuelta de la esquina, me imaginaba, vaya usted a saber porqué, a cualquiera de los candidatos a ser elegidos haciendo una promesa electoral distinta de las habituales.

Más allá del legendario “subiré los impuestos a los ricos”, o del mítico “bajaré los impuestos a la clase media trabajadora”, misma mentira con distinto pelaje, imaginé a uno de ellos soltando lo siguiente: “si llego al poder, prometo eliminar gradualmente el área de servicios sociales de esta comunidad dentro del plazo correspondiente a mi mandato”.

Algunos sin duda entenderían que el mensaje en cuestión estaría proponiendo una desvergonzada vuelta de tuerca al neoliberalismo capitalista ultra radical y xenófobo de la suma derecha (que está aún más allá que la extrema). Eliminar el área de servicios sociales de una comunidad autónoma en este contexto coincidiría con el perverso objetivo de suprimir un gasto ineficiente y reducir en la mayor medida posible todo el aparato burocrático que lo sustentara pero a costa de dejar sin sustento a gran parte de la población más vulnerable.

Sin duda, muchos votantes con conciencia y sensibilidad social  contarían con una herramienta más para cargarse emocionalmente de razones por las que combatir al enemigo de la sociedad, al extremista e individualista egocéntrico que prometiera algo así.

Cabe la posibilidad además de que una tal propuesta fuera entendida en otro sentido muy distinto. Pretender eliminar el área de servicios sociales de una comunidad autónoma es un órdago a la grande en toda regla. Suprimir la parte de la administración que se encarga de atender a los más necesitados, aquellos que se han quedado “fuera del sistema”, a los que en ningún caso habría que “dejar atrás”, resulta sin duda de una carga polémica muy llamativa.

Pero ¿Y si su propuesta de eliminación no se debiera al desprecio de esta parte de la población sino todo lo contrario? ¿Y si fuera precisamente el hartazgo del enquistamiento estructural de una amplia capa de la población dentro de una especie de categoría inferior de ciudadano lo que llevara a nuestro candidato de turno a tal promesa?

Quizá ya atisba, querido lector, hacia dónde se dirige este artículo. A lo mejor no es tan raro pensar que el mayor o quizá único beneficiario real del Estado Niñera en que se ha convertido nuestro envidiado Estado del Bienestar no es otro que el Estado mismo, cuyo Bienestar queda garantizado por cuantas más bolsas de pobreza y necesidad se mantengan en el tiempo. Cuanta más pobreza haya, mayor necesidad de un Estado bienhechor que redistribuya la injusta riqueza de unos pocos privilegiados entre los más desfavorecidos.  

Pero ¿qué administración podría hacer una propuesta así hoy en día hasta sus últimas consecuencias? ¿Qué Gobierno local, autonómico o nacional estaría contento y anunciaría a bombo y platillo la reducción total de las necesidades de asistencia social en su ámbito? ¿Imaginamos despertarnos un día con la noticia de que se ha suprimido el área de Servicios Sociales del Ministerio de la cosa porque ya no hay cosa que erradicar? Algo así pondría sin duda en alerta al Ministro de Empleo, que empezaría a temer por su cómoda poltrona al ver las barbas de su vecino en remojo. Una situación de pleno empleo empujaría paradójicamente al desempleo a innumerables trabajadores encargados de la gestión de los servicios de empleo.

Pero descuide Sr. Ministro, esto no va a pasar. No aquí y no ahora, ¿o sí?

Stalin lo tuvo muy claro tras la Segunda Guerra Mundial para toda su área de influencia incluida la Republica Democrática Alemana: no se trata de imponer el comunismo sólo por la fuerza ya que si empobrecemos a la población hasta el extremo, y el Estado se convierte en el único garante de la equitativa distribución de la misma miseria para todos, la revolución del proletariado surgirá de las masas hambrientas por sí sola, paradójicamente para mantener sine die esa miserable igualdad.

¿Conoce algún ejemplo paradigmático de entidad cuyo objeto social sea la reducción de la pobreza y que estaría encantada de poder desaparecer por dejar de ser necesaria? No puedo juzgar intenciones pero sí hechos. Hay entidades que se enorgullecen si cada año atienden a más necesitados, normalmente organizaciones políticas. Y otras que, en sentido opuesto, se muestran especialmente preocupadas por este hecho y estarían por consiguiente felices de poder anunciar una reducción en el número de personas necesitadas de su atención.

La dimensión o las consecuencias sociales a las que abocan las teorías económicas, sociales y políticas que podamos identificar hoy, son las que deben hacernos tomar conciencia de lo que en realidad pretenden y a quién benefician.

¿De qué sirve un Gobierno, administración, entidad que lucha pretendidamente contra la exclusión, la pobreza, la desigualdad de oportunidades, si año tras año no es capaz de acercarse decididamente a su fin?

A lo mejor contar con una sólida educación financiera ayudaría a identificar correctamente  promesas electoralistas que sólo alimentan el leviatán burocrático y clientelar, de otro tipo de propuestas basadas en la realidad que se pretende mejorar en exclusivo beneficio de los electores.

Lo esperable sería ir reduciendo el Estado, no acrecerlo a costa de exprimir a quien se supone que debe servir.

Si no puede usted votar con la cabeza, hágalo al menos con el bolsillo.

Ver publicaciones anteriores de Francisco Romero. Asesor Financiero en Caser A.V. Asociado EFPA 30478

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