Javier Lima -Verso Libre- El final del túnel

Martin Heidegger afirmaba que la angustia es la disposición fundamental que nos coloca ante la nada. Frente a ese abismo es donde estamos ahora mismo parte de la humanidad con la pandemia que estamos sufriendo y la crisis económica que está provocando. Me refiero a parte porque la otra, la mayor, está siempre en el fondo del abismo sufriendo hambrunas, la falta de agua potable, conflictos bélicos o padeciendo otras enfermedades que castigan realmente con más muertes que todas las que vaya a producir el COVID-19. Lo único que esta vez ha tocado al primer mundo asomarse al vacío, algo a lo que nuestras generaciones no estaban acostumbradas.

Esta pandemia, como otros acontecimientos dramáticos en nuestra vida, nos ha hecho sentirnos pequeños. Nos ha recordado nuestra verdadera naturaleza, frágil y finita. La angustia se ha apoderado de  nuestra cómoda vida.

Esta crisis, sumada a la anterior, está tambaleando nuestro estado del bienestar y que los pilares en los cuales se sustenta la economía parezcan de cristal. De repente un enemigo pequeño e invisible nos ha sumido en el caos generando en la población una enorme incertidumbre ante el futuro. Esa pérdida de control, que tan poco le gusta a nuestro cerebro, nos llena de angustia y ansiedad.

A muchos les está trastornando psicológicamente pese a que no les ha afectado la enfermedad ni a su trabajo o a su empresa. Hace unas semanas un vecino de mi urbanización empezó a comportarse de forma agresiva lanzando a sus propios vecinos y personal de mantenimiento todo lo que tenía a mano, incluido su propio mobiliario. Afortunadamente se lo llevaron para internarlo y tratarlo. Hacía que no le daba un brote muchos años. Un vecino médico me decía que en esta crisis las personas con trastornos mentales estaban padeciendo más brotes de lo habitual y esto me llevó a preguntarme cómo nos estaba afectando a nuestra salud mental la crisis entre los más ‘cuerdos’.

En la primera oleada más de un amigo o amiga que vivió solo el primer confinamiento -más estricto que ahora- cayó en depresión. Otros no conciliaban el sueño o su cuerpo habló lo que su mente calló, somatizando el estrés y la angustia. A mí me pasó con las migrañas pero conozco bastante gente que tuvieron alguna enfermedad durante ese primer confinamiento.

Cómo nos perturbó durante este periodo depende de cada una de nuestras circunstancias. No me quiero imaginar las familias numerosas que lo pasaron  en pisos pequeños, sin terrazas y con pocos recursos. Como las mujeres que tuvieron que convivir con sus maltratadores. Ha tenido que haber confinamientos muy duros. Nada en comparación a los que viven demasiadas personas en países con conflictos bélicos donde conviven con el ruido de las bombas, las balas, sin luz y sin saber si esa noche será la última.

También ha generado mucho estrés y otras emociones el haber vivido una pandemia de forma estricta y con mucha responsabilidad personal hacia sus mayores. Es el caso de muchos hijos que llevan ocho meses sin ver a sus padres mientras ven con frustración como otro sector de la población ha sido sumamente irresponsable, como si no hubiera un mañana y sin cumplir las normas.

También ha generado frustración observar que después de un confinamiento como el que hemos sufrido con sus estrictas medidas de control por parte de las fuerzas de seguridad hemos pasado en el verano, y posteriormente, a un laxo periodo donde se miraba para otro lado mientras todos sabíamos que la gente joven hacía botellones o que una parte del turismo que había llegado celebraba fiestas en locales sin distancias ni medidas de seguridad. Un turismo que llegaba a los aeropuertos sin poder certificar que estaban libres de coronavirus, como estaban haciendo otros países para recibir al turismo de forma segura. Esta crisis nos ha dejado numerosas contradicciones.

Me confirmaba, una psicóloga de Marbella, Toñi Figueredo, que efectivamente esta pandemia está afectando a nuestra salud mental. Provocando más brotes psicóticos, más depresión, más rupturas sentimentales, muchos cuadros de ansiedad excepto a los que ya tenían ansiedad antes y les mejoró o los que tenía un trastorno obsesivo-compulsivo por la limpieza y, de repente, se sintieron comprendidos. La mente necesita tener todo bajo control, una cierta estabilidad. En el momento que la situación no la podemos controlar por las incertidumbres y la falta de expectativas que se ciernen con esta crisis empieza la angustia y aparecen sus consecuencias. También la negación y creer en teorías conspiranoicas para no aceptar la realidad.

Pero si hay un sector de la población que se ha visto muy castigada con este golpe ha sido el de las personas mayores que se han visto privadas del cariño de los suyos, lo que ha multiplicado el sentimiento de soledad y también ha acelerado muchas de las enfermedades propias de su edad como la senilidad o el alzhéimer, sobre todo en las residencias donde se han sentido más aislados, sin el calor cercano de sus familias. Muchos se han marchado de puntillas debido al COVID, muriendo solos y donde la familia solo ha recibido una fría urna, en algunos de los casos.

Hace unos días denunciaba Amnistía Internacional que en el caso de las residencias se habían violado derechos humanos. Entre algunos de ellos, el derecho a la vida privada y familiar y a una muerte digna pero, sobre todo, habían sufrido de una exclusión generalizada. Tuvo que ser una situación compleja para las residencias y me imagino que una mayoría hicieron todo lo posible. Sin embargo una generación extraordinaria que vivió tiempos más duros que estos no los hemos podido despedir como se merecían. Tenemos una enorme deuda con ellos.

Ha sido un tiempo extraño para todos. Para los que han nacido, para los que han tenido otras enfermedades graves, los que tenían planes de casarse en este año. Para los más niños que no han podido celebrar sus cumpleaños como solían; cumplir años no ha molado nada. Las celebraciones y aniversarios se han quedado desleídos. Incluso para los que este 2020 ha sido el mejor año de sus vidas y lo han tenido que disfrutar con culpabilidad. Un mal periodo para la solidaridad de los colectivos sociales y la cooperación internacional que se quedan sin fondos y, por ende, los colectivos más desfavorecidos.

Males menores si pensamos en los más afectados por la crisis. Todos aquellos que han perdido su vida por el coronavirus, a un familiar o han quedado con secuelas. A todos aquellos que han perdido el trabajo o su empresa por la crisis económica y a los que resisten de forma estoica. Como no, a todos aquellos que han estado en primera línea sin tener tiempo de bajón porque tenían que estar dándolo todo en los hospitales, en los centros de salud o en los servicios básicos.

A mí me gustaría que esta crisis refuerce de verdad nuestro sistema sanitario, que se invierta más en ciencia e investigación, que diversifiquemos nuestra economía para no depender tanto del turismo y que salgamos reforzados como sociedad y como ciudadanos. Soñar es gratis. Porque lo que nos hace más fuertes no son las experiencias difíciles que podamos tener sino cómo somos capaces de gestionarlas. Eso nos hace de verdad resilientes.

Dicen que cuando pase la pandemia habrá cosas que no volverán y otras nuevas se quedarán. Quizás sea verdad, quizás seremos menos latinos: seamos menos cariñosos, necesitemos menos el bullicio de la multitud, nos volvamos más reflexivos… ¡Quien sabe! El tiempo nos dirá pero ahora que se acerca una navidad anómala y se asoma con recelo el año nuevo deseo de corazón que todo lo peor haya pasado y que este 2021 nos traiga una normalidad de verdad.

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