Javier Lima -Verso Libre- La talla del 38 me aprieta…

Cada vez soy más consciente —o quizás pesimista—de que nuestro modo de vida consumista es incompatible con el planeta y de que no somos capaces de revertir esa tendencia autodestructiva en una especie, la humana, que se asoma titubeante hacia el abismo del cambio climático porque ello implicaría renunciar a muchas de nuestras comodidades y confortables vidas. Es preferible instar a los poderes que sean ellos los que nos lo solucionen, aunque ya hemos podido comprobar que esa otra vía es harta difícil cuando después de tantas cumbres por el clima todo se queda en las mejores intenciones y son pocos los gobiernos que actúan con determinación. Algo que Greta Thumberg ya advirtió con su acertada réplica del Blablabla.

Aunque algunos países sí empiezan a comprenderlo y legislarlo como Francia que penaliza la obsolescencia programada prohibiendo de manera expresa el uso de técnicas que reduzcan deliberadamente la vida útil de un aparato para aumentar las ventas o otra ley que entrará en vigor en 2023 para prohibir la destrucción de la ropa no vendida al final de cada temporada, generalmente por incineración.

El ecologismo no es un invento actual. Puede que antes no se hablara en esos términos, pero solo hace medio siglo nuestra sociedad era mucho más ecologista de lo que somos en la actualidad. Entonces en la ciudad apenas se consumían plásticos de un solo uso; las bolsas de la compra eran de tela o capachas de esparto; muchos de los envases eran retornables de cristal; los muebles eran para toda la vida; las cosas se reparaban (no se reemplazaban); la ropa era duradera y se heredaba. En las zonas rurales los hogares con huerta y granja de animales los residuos eran prácticamente cero; no había servicio de recogida de basura, no era necesario.

Hoy da qué pensar cuando en apenas una jornada nuestro contenedor doméstico de plásticos lo llenamos de envases pese al esfuerzo personal por prescindir de bolsas de plástico para la compra (mejor de tela o de muchos usos), agua embotellada (mucho mejor la del grifo) o usar jabón y champú en pastillas como uno de los múltiples pequeños gestos que podemos tener en nuestra casa y que si todos los hiciéramos ya no serían tan pequeños porque su impacto en el medio ambiente sería grande.

Por mucho que nuestros hábitos de consumo sean cada vez más sostenibles en esta contienda contra el cambio climático necesitamos no solo de una mayor concienciación y acción por parte de la ciudadanía sino también que sea en todo el mundo y el sistema en su totalidad quien reme en la misma dirección si de verdad queremos revertir (si es que se puede ya) el cambio climático y sus efectos. Es por eso que los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU, adoptados en 2015 por los líderes mundiales, pueden ser una herramienta fundamental si se aplican.

Es esperanzador cómo van en aumento los sectores económicos que empiezan a tomarse más en serio el tema de la sostenibilidad; unos porque creen que de verdad es el único modo y otros porque no quieren perder cuota de mercado ante unos consumidores cada vez más sensibilizados. Es el caso de la industria textil donde muchas marcas empiezan a fabricar tejidos provenientes de tejidos y residuos reciclados, con mayor durabilidad o que no se manchan. El sector textil es la segunda industria más contaminante del planeta imponiendo unos patrones de consumo con la moda que son difíciles de evitar en una sociedad donde lo estético se encuentra sobrevalorado. De ahí el título de este artículo que rememora una pintada reivindicativa contra la moda y sus estereotipos, sobre todo hacia las mujeres.

No es lo mismo, como dice Adela Cortina, ir a comprar que ir de compras. Vestirnos es una necesidad, pero creo que como consumidores debemos ser conscientes del impacto medioambiental que genera este sector en el planeta, en las personas que fabrican la ropa y en las que la usamos. Algunos datos: cada año se producen 100.000.000 millones de prendas de las que el 75% acaba en los vertederos y el 25% son reutilizadas. En España se genera más de un millón de toneladas de residuos textiles cada año de la que solo se reciclan el 8% de estos residuos. La industria textil es responsable del 8% de las emisiones de CO2 que se traducen en 850 millones de toneladas anuales. En los últimos 15 años la vida útil de una prenda de vestir ha disminuido un 36%. La industria libera cada año medio millón de toneladas de microfibras en el océano, lo que equivale a más de 50.000 millones de botellas de plástico. Gran parte de los tejidos provienen del petróleo como el poliéster con lo que su fabricación no es nada sostenible. Consume 387.000 millones de litros su producción textil; 10.000 litros de agua se necesitan para producir un 1 kg de algodón; 10.800 para un vaquero; entre 4000/5.500 para una chaqueta; 4.400 para unos zapatos (8000 si son de piel); 2.800 litros una camiseta de algodón. En Bangladesh hay trabajadoras cosiendo camisetas por 0,5 céntimos la hora.

La industria textil, consciente de su impacto en el planeta y las personas, está empezando a cambiar sus modos de fabricación por unos más responsables. De ahí que cada vez haya más productos éticamente responsables, de moda sostenible y fabricados desde el ecodiseño; con materiales reciclados provenientes de algodón y poliéster reciclado o de algodón proveniente de la agricultura ecológica y que además usen técnicas de producción con menor impacto en el medio ambiente. Hay grandes marcas que ya se han sumado a esta tendencia y también emprendedores sociales como la española Carmen Hijosa que con su tejido patentado Piñatex, fabricado a partir del reciclaje de las piñas como sustituto del cuero, ha revolucionado la industria textil o Javier Goyeneche, fundador de EcoAlf, una empresa nacida en 2009 que fabrica ropa a partir de desperdicios encontrados en los océanos (redes de pesca, botellas de plástico, ruedas, e incluso restos de café), la primera y única marca de moda de España reconocida con el certificado B Corp™ por su compromiso con la gente y con el planeta. Una marca que ha desarrollado más de 450 tejidos reciclados.

Existen un número creciente de empresas textiles en España, así como marcas internacionales, que trabajan con un propósito de impacto social y medioambiental. Pero nuestro papel como consumidores que ejercen una compra y un consumo responsable es clave para la supervivencia de este tipo de empresas y para que siga creciendo el número de ellas.

Fue Eric Fromm —al que siempre he leído con devoción— el primero en acuñar el término de ‘Homo consumens’ en referencia a la especie humana cuyo objetivo no es poseer cosas sino consumir cada vez más para compensar así su vacío interior. Hay muchas maneras de consumir y debemos plantearnos cuál de ellas queremos asumir sí de verdad nos preocupa el futuro y dejar un mundo mejor a las próximas generaciones.

Nosotros, los ciudadanos y consumidores, somos una parte importante del sistema y debemos presionar para que los gobiernos asuman los retos medioambientales a los que los humanos nos enfrentamos y actúen con políticas decididas a favor del medio ambiente; a favor de la vida: la nuestra y la gran y preciosa biodiversidad que encierra este planeta único que se llama Tierra y del cual no tenemos más.

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